EDITORIAL
16 de febrero de 2026
EL ECO SILENCIADO DEL CARNAVAL DE MONTE MAÍZ

Imagen Ilustrativa - Foto de archivo
UNA FIESTA POPULAR QUE DEJÓ HUELLAS DE IDENTIDAD EN NUESTRO PUEBLO
El carnaval fue, durante décadas, la caja de resonancia de la identidad popular de Monte Maíz. No era solo una fecha en el calendario; era un estado de ánimo colectivo que transformaba el pulso del pueblo. Hoy, sin embargo, ese brillo se ha ido desvaneciendo hasta quedar reducido a un recuerdo que solo los más veteranos atesoran con nitidez. Si bien el tiempo erosiona las costumbres, cabe preguntarse en qué momento permitimos que esta construcción social se escurriera entre los dedos, dejando a la pandemia de coronavirus como la excusa final para una despedida que ya se vislumbraba.
El ritual de la creación
Hubo una época en que el mes previo al carnaval era de un febril entusiasmo. No había galpón en la localidad donde no se estuviera gestando una fantasía. Familias, amigos e instituciones se reunían tras la jornada laboral para dar vida a las carrozas. Ya fueran alegóricas, mecánicas o animadas, el objetivo era el mismo: deslumbrar en las noches de corso.
Ese esfuerzo igualaba a todos. Los dirigentes de los clubes montaban estructuras seguras para el público y los colaboradores, los artesanos del cartón y el hierro ponían su ingenio al servicio del reconocimiento popular. Los niños y jóvenes, por su parte, preparaban disfraces con la ilusión de ganar una entrada o, simplemente, de jugar a ser otros. ¿Quién no recuerda esa "voz finita y chillona", ese recurso anónimo para bromear entre la multitud sin ser reconocido? Eran noches donde el comercio local también florecía, integrándose a un circuito que desbordaba los límites de lo cotidiano.
Identidad sobre el asfalto
La memoria dicta que el éxito dictaminaba la duración: tres, cuatro o hasta cinco noches de esplendor en las décadas doradas. Era una fiesta de cercanía, "a la vuelta de casa", donde las jerarquías se disolvían frente al escenario. El desfile de las princesas barriales e institucionales, la elección de la reina y el paso de las comparsas —que inspiraron tantos brotes artísticos locales— conformaban un clásico ineludible.
Incluso los más pequeños tenían su lugar de privilegio. Aquellas diez o doce "carrocitas" anuales no solo recibían premios, sino que garantizaban el semillero de una tradición que hoy parece haberse secado. Por los escenarios de madera, simples pero cargados de mística, pasaron figuras de renombre internacional, nacional y regional, trayendo el mundo a nuestras esquinas.
Esquinas que guardan nostalgia
La geografía del carnaval en Monte Maíz marcó hitos: desde Entre Ríos y Santiago del Estero hasta la emblemática intersección con Salta, dependiendo del club organizador que buscaba la cercanía de su sede social. Luego vendrían los intentos en Córdoba y 9 de Julio, o el esfuerzo municipal en Buenos Aires y Córdoba. La última chispa la encendió el Club Deportivo Argentino, en una noche donde el pueblo respondió de manera masiva, casi como un acto de resistencia nostálgica ante una fiesta que se esfumaba.
Una asignatura pendiente
Hoy existen otros eventos en Monte Maíz, es cierto, pero ninguno ha logrado capturar la esencia transversal de aquel corso tradicional. Lo que perdimos no fue solo un desfile; perdimos una instancia de encuentro familiar y de expresión artesanal.
Quizás, al mirar hacia atrás, debamos reconocer con honestidad que el carnaval fue una sana costumbre que no supimos o no pudimos transmitir a las nuevas generaciones.
Aquella huella del pueblo, ese brillo en los ojos de los que trabajaban bajo la luz de un galpón, sigue vivo en el corazón de quienes lo caminaron, esperando, tal vez, que alguien recoja el guante de la memoria y le devuelva el color a nuestras calles.
