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EDITORIAL

5 de marzo de 2026

LA DESIDIA QUE CUELGA SOBRE NUESTRAS CABEZAS

QUE TODOS VEN PERO MIRAN PARA EL OTRO LADO

Mientras los vecinos demuestran un compromiso civil muy importante, las autoridades y empresas prestadoras de servicios parecen mirar hacia otro lado, dejando a la comunidad expuesta a peligros que ya no pueden calificarse como "accidentes".

La tormenta del pasado lunes por la noche no solo dejó agua y viento a su paso; dejó al desnudo, una vez más, la alarmante falta de respuesta de quienes tienen la responsabilidad de velar por la seguridad en el espacio público. A varios días del fenómeno climático, los "inconvenientes" han pasado a ser amenazas latentes ante la mirada indiferente de los organismos competentes.

Un mapa del riesgo innecesario

Basta un breve recorrido por la localidad para toparse con postales del abandono que, por alguna razón, resultan invisibles para los funcionarios:

  • Calle La Pampa: Postes que cruzan la calzada de forma temeraria. A pesar de haber sido señalados, siguen allí, desafiando la integridad de cualquier transeúnte.
  • Barrio Gobato (Calle Mendoza): Aquí la desidia es acumulativa. No solo hay postes inclinados hacia la vereda, sino que persiste un cable colgando desde la tormenta anterior. La inacción ya es una política de Estado.
  • Calle 25 de Mayo casi Chubut: Un poste se inclina peligrosamente sobre una vivienda, amenazando no solo la estructura física, sino la tranquilidad de una familia que duerme bajo la sombra de un colapso inminente.
  • Calle Chubut casi Mendoza: Más cables sueltos. La respuesta técnica de que "no tienen corriente" resulta, además de cínica, peligrosa. El reciente antecedente en Corral de Bustos —donde un joven sufrió heridas en el cuello por un cable en la vía pública— demuestra que un cable no necesita electricidad para ser una trampa mortal.

Vecinos solos frente al caos

Lo más doloroso de este escenario es el contraste ético. Mientras el ciudadano común se arremanga para juntar basura, remover obstáculos y asistir al prójimo, las autoridades y empresas de servicios brillan por su ausencia.

Este desentendimiento de las jerarquías no es solo un problema de mantenimiento urbano; es una pérdida de valores. El sentido de pertenencia y la solidaridad, pilares de nuestro pueblo, se ven erosionados cuando quienes deben dar el ejemplo se amparan en burocracias sobre a quién le corresponde cada tarea, ignorando el peligro humano inmediato.

"La seguridad pública no es una opción ni un favor que las empresas nos hacen; es una obligación que hoy están incumpliendo sistemáticamente".

La comunidad no puede seguir siendo el único soporte de la localidad. La solidaridad vecinal tiene un límite, y ese límite es la irresponsabilidad institucional que hoy nos obliga a caminar mirando hacia arriba, con el miedo constante de que el próximo poste en caer sea el que las autoridades decidieron no ver.

 

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